El
Alambique es un bistró que consta de tres partes. A
saber: la taberna, el tabernero y los parroquianos que fielmente
acuden a beber.
La
taberna está en la calle de Fúcar, que parece
que fue un banquero alemán, aunque tiene nombre de
conspirador de novela de Baroja. Se llega –si vienes
por la orilla de Atocha– serpenteando entre las calles
de la Verónica, Almadén y San Pedro, aunque
también te puedes topar con el antro si apareces dando
tumbos por el lado de Huertas, por Moratín abajo. Son
calles llenas de encanto y poesía, que diría
un escritor de guía turística barata. Son calles
donde agonizan los comercios artesanales para dejar paso a
las flamantes galerías de arte y academias de flamenco.
Es el signo de los tiempos, tan poco barojianos.
El
Alambique tiene las paredes de color cobre, tirando al cobre
ruina, y un suelo de pizarra negra que está hecho polvo
y da mucho frío. De sus paredes cuelgan algunas fotos
preciosas. En unas aparece Camarón; en otras, no. De
Pepe Lamarca hay dos muy buenas; en la primera, Camarón
y Paco de Lucía están cogidos en el instante,
riéndose, con gran naturalidad; en la otra, Camarón
también se ríe, sentado en el campo, junto a
Enrique Morente y Ramón de Algeciras, viendo pasar
las nubes. En un rincón hay otro hermoso retrato de
Camarón obra de Alberto García-Alix, pertenece
a la célebre serie que el fotógrafo de los tatuajes
le hizo al cantaor hacia 1991, pero es de las menos conocidas.
Hay más fotos singulares por las paredes del bar: el
conocido retrato que César Lucas le hizo al Ché
en el Arco de La Moncloa en una copia autógrafa del
autor, que suele visitar el bar; el guardia de asalto al que
Centelles fotografió el 18 de Julio del 36, en Barcelona;
el retrato que Germán les hizo a los Beatles en Almería,
finales de los 60, publicado en Interviú; entre una
variada selección de joyitas. Pero además están
los cachivaches que Juan, el tabernero, medio colecciona:
latas de pimentón del año de la Tana, cascos
de sifones, matamoscas de los de flis-flis con depósito
para el veneno y todo, hasta un alambique muy cuco. Por no
hablar de un organillo diminuto que toca La Internacional
o una foto antediluviana del Atlético de Madrid, donde
se alineaban Quique Ramos, Llaverito Julio Prieto, Landáburu,
Roberto Simón Marina, Hugo Sánchez o Rubio.
Otra joya, sí señor.
El
menú de El Alambique es bueno. Los platos son abundantes
y el vino tinto manchego, color sangre de buey, entra bien.
Es buen sitio para comer, pero aún mejor para cenar
tomándose unas cañas en la barra. Hay que probar
el salmorejo, el pica-pollo, el solomillo al strogonoff (¡la
estrella de la temporada!) o una musaka. Si se tiene menos
hambre se puede optar por un canapé de bakalao o un
montado de chorizo de ciervo. También merece probarse
el pollo al curry y la loca verbena de canapés que
te dejará listo para tomarte otra caña, incluso
unas cuantas rondas más.
Del
tabernero, mejor que hable Savater. Dice así: “He
dicho antes bebedor solitario, y eso es algo que debe ser
matizado, pues nadie bebe realmente solo en la taberna: en
efecto, es el reino de la mediación y por tanto del
reconocimiento que humaniza y satisface a la autoconciencia.
El mediador es, naturalmente, el tabernero: no hay oficio
que requiera mayor sutileza, una distancia mejor calculada
para asegurar la compañía acogedora sin atentar
contra la pudorosa intimidad, una disponibilidad atenta y
digna que sepa hacerse poco a poco cálida hasta la
ternura cuando la ocasión lo merezca... Encontrar un
buen tabernero es tan difícil como encontrar un buen
amigo; aún más raro y precioso, si me apuráis,
porque el amigo exige de nosotros proezas afectivas que la
discreción del buen tabernero obvia. Es el tabernero
el encargado de que nadie esté totalmente solo en su
casa y también de que nadie se sienta vigilado: ¡ojalá
Dios nos tratase con igual delicadeza!”
Pues
eso.
Y
a los parroquianos, ya los conoceréis vosotros mismos...
El
Alambique, c/ Fúcar, 7
Tfno: 91 429 65 63
Reservas:
667 48 82 52
(Texto:
Jaime Matamoros) |